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domingo, 13 de julio de 2014

ENUCLEADO - María Cecilia Murcia

Volverte a ver era contraer el tiempo en una gota,
la sedienta ansia de palabras perdidas en la distancia
la praxis del sueño de sentir tu piel bajo mis manos
era la deseada afirmación de un amor que creía existía.

Los minutos recorrían rigurosamente alegrías ya vividas
tu sonrisa era un clamor vital, ¿me reconocerías?
mi corazón latía con ansia como un pájaro en vuelo
buscaba en tu pecho el nido cálido perdido.

La hora gritaba su verdad en un instante
estabas frente a mi respirando tu arrogancia ahora hiriente
en tu mirada el amor era ajeno, ahora estaba enucleado
por fin estabas presente y ausente está lo que sentía


jueves, 10 de julio de 2014

ESTOY MAIS PERTO DE TI PORQUE TE AMO - Joaquim Pessoa

Estou mais perto de ti porque te amo.
Os meus beijos nascem já na tua boca.
Não poderei escrever teu nome com palavras.
Tu estás em toda a parte e enlouqueces-me.
Canto os teus olhos mas não sei do teu rosto.
Quero a tua boca aberta em minha boca.
E amo-te como se nunca te tivesse amado
porque tu estás em mim mas ausente de mim.
Nesta noite sei apenas dos teus gestos
e procuro o teu corpo para além dos meus dedos.
Trago as mãos distantes do teu peito.
Sim, tu estás em toda a parte. Em toda a parte.
Tão por dentro de mim. Tão ausente de mim.
E eu estou perto de ti porque te amo.



domingo, 6 de julio de 2014

BESOS, Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos 
la sentencia de amor condenatoria, 
hay besos que se dan con la mirada 
hay besos que se dan con la memoria. 


Hay besos silenciosos, besos nobles 
hay besos enigmáticos, sinceros 
hay besos que se dan sólo las almas 
hay besos por prohibidos, verdaderos. 

Hay besos que calcinan y que hieren, 
hay besos que arrebatan los sentidos, 
hay besos misteriosos que han dejado 
mil sueños errantes y perdidos. 

Hay besos problemáticos que encierran 
una clave que nadie ha descifrado, 
hay besos que engendran la tragedia 
cuantas rosas en broche han deshojado. 

Hay besos perfumados, besos tibios 
que palpitan en íntimos anhelos, 
hay besos que en los labios dejan huellas 
como un campo de sol entre dos hielos. 

Hay besos que parecen azucenas 
por sublimes, ingenuos y por puros, 
hay besos traicioneros y cobardes, 
hay besos maldecidos y perjuros. 

Judas besa a Jesús y deja impresa 
en su rostro de Dios, la felonía, 
mientras la Magdalena con sus besos 
fortifica piadosa su agonía. 

Desde entonces en los besos palpita 
el amor, la traición y los dolores, 
en las bodas humanas se parecen 
a la brisa que juega con las flores. 

Hay besos que producen desvaríos 
de amorosa pasión ardiente y loca, 
tú los conoces bien son besos míos 
inventados por mí, para tu boca. 

Besos de llama que en rastro impreso 
llevan los surcos de un amor vedado, 
besos de tempestad, salvajes besos 
que solo nuestros labios han probado. 

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible; 
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos 
y en los espasmos de emoción terrible, 
llenáronse de lágrimas tus ojos. 

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso 
te vi celoso imaginando agravios, 
te suspendí en mis brazos... vibró un beso, 
y qué viste después...? Sangre en mis labios. 

Yo te enseñé a besar: los besos fríos 
son de impasible corazón de roca, 
yo te enseñé a besar con besos míos 
inventados por mí, para tu boca.








LA ESPERA INÚTIL - Gabriel Mistral

Yo me olvidé que se hizo

ceniza tu pie ligero,
y, como en los buenos tiempos,
salí a encontrarte al sendero.


Pasé valle, llano y río

y el cantar se me hizo triste.
La tarde volcó su vaso
de luz ¡y tú no viniste!


El sol fue desmenuzando

su ardida y muerta amapola;
flecos de niebla temblaron
sobre el campo. ¡Estaba sola!


Al viento otoñal, de un árbol

crujió el blanqueado brazo.
Tuve miedo y te llamé:
"¡Amado, apresura el paso!


Tengo miedo y tengo amor,

¡amado, el paso apresura!"
Iba espesando la noche
y creciendo mi locura.


Me olvidé de que te hicieron

sordo para mi clamor;
me olvidé de tu silencio
y de tu cárdeno albor;


de tu inerte mano torpe

ya para buscar mi mano;
¡de tus ojos dilatados
del inquirir soberano!


La noche ensanchó su charco

de betún; el agorero
búho con la horrible seda
de su ala rasgó el sendero.


No te volveré a llamar,

que ya no haces tu jornada;
mi desnuda planta sigue,
la tuya está sosegada.


Vano es que acuda a la cita

por los caminos desiertos.
¡No ha de cuajar tu fantasma
entre mis brazos abiertos!






VOLVERLO A VER - Gabriela Mistral

¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas
de temblor de astros, ni en las alboradas
vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

¿Al margen de ningún sendero pálido,
que ciñe el campo, al margen de ninguna
fontana trémula, blanca de luna?

¿Bajo las trenzaduras de la selva,
donde llamándolo me ha anochecido,
ni en la gruta que vuelve mi alarido?

¡Oh! ¡no! Volverlo a ver, no importa dónde,
en remansos de cielo o en vórtice hervidor,
bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!



¡Y ser con él todas las primaveras
y los inviernos, en un angustiado
nudo, en torno a su cuello ensangrentado!


LA ABANDONADA - Gabriela Mistral

A Emma Godoy


Ahora voy a aprenderme
el país de la acedía,
y a desaprender tu amor
que era la sola lengua mía,
como río que olvidase
lecho, corriente y orillas.

¿Por qué trajiste tesoros
si el olvido no acarrearías?
Todo me sobra y yo me sobro
como traje de fiesta para fiesta no habida;
¡tanto, Dios mío, que me sobra
mi vida desde el primer día!

Denme ahora las palabras
que no me dio la nodriza.
Las balbucearé demente
de la sílaba a la sílaba:
palabra "expolio", palabra "nada",
y palabra "postrimería",
¡aunque se tuerzan en mi boca
como las víboras mordidas!

Me he sentado a mitad de la Tierra,
amor mío, a mitad de la vida,
a abrir mis venas y mi pecho,
a mondarme en granada viva,
y a romper la caoba roja
de mis huesos que te querían.

Estoy quemando lo que tuvimos:
los anchos muros, las altas vigas,
descuajando una por una
las doce puertas que abrías
y cegando a golpes de hacha
el aljibe de la alegría.

Voy a esparcir, voleada,
la cosecha ayer cogida,
a vaciar odres de vino
y a soltar aves cautivas;
a romper como mi cuerpo
los miembros de la "masía"
y a medir con brazos altos
la parva de las cenizas.

¡Cómo duele, cómo cuesta,
cómo eran las cosas divinas,
y no quieren morir, y se quejan muriendo,
y abren sus entrañas vívidas!
Los leños entienden y hablan,
el vino empinándose mira
y la banda de pájaros sube
torpe y rota como neblina.


Venga el viento, arda mi casa
mejor que bosque de resinas;
caigan rojos y sesgados
el molino y la torre madrina.
¡Mi noche, apurada del fuego,
mi pobre noche no llegue al día!



EL AMOR QUE CALLA - Gabriela Mistral

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres, tan oscuro!

Tú lo quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la muerte!





AMOR, AMOR - Gabriela Mistral

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡le tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de mar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale el decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!


Te echa venda de lino; tú la venda toleras.
Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!



sábado, 31 de mayo de 2014

EL ÁMBITO DE LA ESCRITORA EN LA POESÍA, Gabriela Mistral 2

LA CRUZ DE BISTOLFI


Cruz que ninguno mira y que todos sentimos,
la invisible y la cierta como una ancha montaña:
dormimos sobre ti y sobre ti vivimos;
tus dos brazos nos mecen y tu sombra nos baña.


El amor nos fingió un lecho, pero era

sólo tu garfio vivo y tu leño desnudo.
Creímos que corríamos libres por las praderas
y nunca descendimos de tu apretado nudo.


De toda sangre humana fresco está tu madero,

y sobre ti yo aspiro las llagas de mi padre,
y en el clavo de ensueño que lo llagó, me muero.


¡Mentira que hemos visto las noches y los días!

Estuvimos prendidos, como el hijo a la madre,
a ti, del primer llanto a la última agonía!



RUTH
A González Martínez

                                 I

    Ruth moabita a espigar va a las eras,

aunque no tiene ni un campo mezquino.
Piensa que es Dios dueño de las praderas
y que ella espiga en un predio divino.
    

El sol caldeo su espalda acuchilla,

baña terrible su dorso inclinado;
arde de fiebre su leve mejilla,
y la fatiga le rinde el costado.
  

 Booz se ha sentado en la parva abundosa.

El trigal es una onda infinita,
desde la sierra hasta donde él reposa,

    


que la abundancia ha cegado el camino...

Y en la onda de oro la Ruth moabita
viene, espigando, a encontrar su destino!


II

    -Booz miró a Ruth, y a los recolectores

dijo: "Dejad que recoja confiada..."
Y sonrieron los espigadores,
viendo del viejo la absorta mirada...
   

    Eran sus barbas dos sendas de flores,

su ojo dulzura, reposo el semblante;
su voz pasaba de alcor en alcores,
pero podía dormir a un infante...
    

Ruth lo miró de la planta a la frente,

y fue sus ojos saciados bajando,
como el que bebe en inmensa corriente...
    

Al regresar a la aldea, los mozos

que ella encontró la miraron temblando.
Pero, en su sueño Booz fue su esposo...

III

    Y aquella noche el Patriarca en la era

viendo los astros que laten de anhelo,
recordó aquello que a Abraham prometiera
Jehová: más hijos que estrellas dio al cielo.
    

   Y suspiró por su lecho baldío,

rezó llorando, e hizo sitio en la almohada
para la que, como baja el rocío,
hacia él vendría en la noche callada.
   

   Ruth vio en los astros los ojos con llanto

de Booz llamándola, y estremecida,
dejó su lecho, y se fue por el campo...
   

    Dormía el justo, hecho paz y belleza.

Ruth, más callada que espiga vencida,
puso en el pecho de Booz su cabeza.



AL OÍDO DEL CRISTO
A Torres-Rioseco

I

   Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:
estas pobres gentes del siglo están muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frío!



   
A la cabecera de sus lechos eres,

sí te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.



   No te escupirían por creerte loco,

no fueran capaces de amarte tampoco
así, con sus ímpetus laxos y marchitos.



   Porque como, Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse mejor no se mueven.
¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!

II




   Aman la elegancia de gesto y color,

y en la crispadura tuya del madero,
en tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario entero.



   Les parece que hay exageración

y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.



   Tienen ojo opaco de infecunda yesca,

sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón



mojada en lascivia, ni firme ni roja;

¡y como de fines de otoño, así, floja
e impura, la poma de su corazón!

III



....¡Oh Cristo! un dolor les vuelva a hacer viva

l`alma que les diste y que se ha dormido,
que se la devuelva honda y sensitiva,
casa de amargura, pasión y alarido.



   ¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan

tal como se hienden quemadas gavillas;
llamas que a su gajo caduco se prendan,
llamas de suplicio: argollas, cuchillas!



   ¡Llanto, llanto de calientes raudales

renueve los ojos de turbios cristales
y les vuelva el viejo fuego del mirar!



   ¡Retóñalos desde las entrañas, Cristo!

Si ya es imposible, si Tú bien lo has visto,
si son paja de eras... ¡desciende a aventar!


EL ÁMBITO DE LA ESCRITORA EN LA POESÍA X, Gabriela Mistral 1

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcagaya "GABRIELA MISTRAL, escritora, pedagoga, activista y diplomática Chilena, nacida en Vicuña el 7 de Abril de 1.889. Hija de Juan Jerónimo Godoy Villanueva y de Petronila Alcagaya Rojas. Premio NOBEL de literatura en 1945


Aunque el Padre abandonó el hogar cuando ella contaba tan solo con tres años, describen en la publicación "Gabriela Mistral y un mundo de verdad"1, --Siempre fue triste, “una niña huraña como son los grillos oscuros cuando es de día, como es el lagarto verde, bebedor de sol”, y aprendió a conocer las montañas de Elqui como las palmas de sus manos, sacando cuentas del pliegue del arbusto y del color de la piedra eterna. A falta de padre verdadero – don Jerónimo Godoy buscó caminos sin atarse al deber ni a las normas-, Gabriela se aferró a la tierra en un haz de sensaciones, viendo con un ojo total “los cerros tutelares que se me vienen encima como un padre que me reencuentra y me abraza, y bocanada de perfume de esas hierbas infinitas de los cerros”.--


Vivió de los 3 a los 9 años en Montegrande, una localidad Chilena situada en el Valle del Elqui en la región de Coquimbo. Vivió allí con su madre y con su hermana Emelina Molina Alcagaya, maestra de primaria y jefa del correo. Sus primeros estudios los realizó en la Escuela  Rural de Montegrande. La casa en la que vivían, era muy sencilla típica del sector enclavada en la falda de un cerro. Una pequeña construcción de adobe, de un piso, En una de las piezas de unos 20 metros cuadrados estaba ubicada la sala de clase donde trabajaba con  Emelina y el segundo dormitorio, de menor tamaño era la habitación de la familia. La casa posee también un patio estrecho y largo con hermosos árboles y vista al río. 



Valle de Elqui
Qué extrañas le resultaron las tierras duras y arduas. No hallaba en ellas sino la penuria, la extensión del dolor, la prolongación de la queja. “El hambre de extensión verde – confesó – es para mí entre las más nobles avideces que llevamos, y yo no sé vivir en paisaje que no me la aplaque y, además, me la revele”. Y cómo se alegraba con el fervor del suelo o del cielo luminoso, con la fe de las raíces trepadoras, o con el orden de los pájaros en desmedro de un mundo seco, en el cual impera el muñón vegetal, el tizón que aún llora o la maleza desmedida.


Flamboyán
Realidad y símbolo, el mundo circundante se le volvía vivo en la mirada, en el tacto o en el olfato, ya aún tenía dónde elegir: “Si yo quisiera símbolo para mí y que siendo floral no sea blando, del flamboyán me acordaría, que arde lo mismo que yo, como si Dios nos hubiese hecho a ambos en el mismo momentos, a mí con la derecha de hacer criatura, a él con la izquierda de hacer planta”.



Con las montañas y la luz de Elqui – y más tarde buscará el buen abrazo ceñidor para América toda - , y con la luz de un tiempo sin tiempo, viene para la niña Lucila lo que siguió siendo siempre el hallazgo fundamental de los libros. Primero, cuál mejor que el paisaje: “En las quijadas de la cordillera el único libro era el arrugado y vertical de trescientas y tantas montañas, abuelas ceñudas que daban consejas trágicas”. Allí, en los atardeceres de Montegrande, un día descubre el Libro: “Mi abuela estaba sentada en un sillón rígido, y yo me sentaba en una banqueta de mimbre. Ella me alargaba su Biblia, muy vieja y ajada, y me pedía que le leyera. Siempre me la entregaba abierta en el mismo sitio, en los Salmos de David”.



De esa sabiduría y de aquel venero poético caudal, de la mixtura de la cadencia y del símbolo, del vigor de la letra y de la extensión del espíritu, algo quedará para siempre en el mundo poético de Gabriela Mistral, dando la razón de amor a esta mujer sabia en el tiempo y en eternidades, fantasma de bulto que “hubiera querido vivir entre el pueblo hebreo y ser la Mujer Fuerte de la Biblia”. ¿Y no serán, por acaso, lugares gemelos, ámbitos comunes, sagrados espacios de infancia eterna, su Elqui y los pueblos de Jesús? Higueras numerosas, murallas centenarias, - sin otros padecimientos que el sol cotidiano -, asnos pacientes.


Como los viejos cronistas, dejó memoria de cuanto vio y, a veces, el fruto fue la extrañeza o la nostalgia. Maduró en el dolor y en la muerte. Y escribió, y escribió, siempre sobre sus rodillas, sin saber nada del pulido escritorio o de la mesa prestigiosa. De mañana o de noche, mientras “fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato, sobre la carne caliente del asunto. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas. La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico, pero muy fiel, que más que envolverme me forra y me oprime y rara vez me deja ver el paisaje y la gente extranjeros”. Aun – y con todo – la poesía siguió siendo su niñez remota, un cayado de pastor elquino, “un rezago, un sedimento de la infancia sumergida”.


Nunca mostró afecto desmedido por Desolación, ese libro primerizo, lleno de ecos y de voces, que la enviara a la fama. Creía fervorosamente en Tala porque estaba allí –según expresara- “la raíz de lo indoamericano”. Es el hondón mítico de la tierra, esa Gea permanente que la sobresalta en el amor. Y con ella, fundiéndose ensimismada, vive. Alguna vez predijo: “Tal vez moriré haciéndome dormir, vuelta madre de mí misma. Bendije siempre el sueño y lo doy por las más ancha gracia divina... En el sueño he tenido mi casa más holgada, ligera, mi patria verdadera, mi planeta dulcísimo. No hay praderas tan espaciosas, tan deslizables y tan delicadas para mí como las suyas”.


Si cantó desnudamente a las cosas –agua, pan, montaña o mar- y supo abordar el mundo con la moneda verbal de un habla criolla; si bebió en la lengua de Santa Teresa y de Martí, y logró hallar patria común en los lieder  de Schumann, en la Patética de Tchaikowski, o en el quemante Peer Gynt, de Grieg; si releyó, sin prisa ni hastío, al Dante, a Tagore, a Hamsun, a Selma Lagerlöff, a Rilke, a Péguy, su tono se articula en un abrazo secular con esta tierra, tan amarga como gozosa, que la guarda para siempre.

FUENTE: 1. Página de la Universidad de Chile -  Estudios. Gabriela Mistral y un mundo de Verdad. Tala, Editorial Andrés Bello, Santiago, Primera Edición 1979