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domingo, 21 de mayo de 2023

GITANJALI (FragmentoS 61 a 68)

 61

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa, volando, por los ojos del niño? Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas;
que por la sombra de una floresta vagamente alumbrada de luciérnagas, cuelgan dos tímidos capullos de encanto,
de donde viene el sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en el ensueño
de una mañana de otoño, fresca de rocío, el pálido rayo primero de la luna nueva, dorando el borde de una nube que se iba,
hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondida tanto tiempo la dulce y suave frescura que florece en las carnecitas del niño? Sí.
Cuando la madre era joven, empapaba su corazón de un tierno y misterioso silencio de amor, la dulce y suave frescura
que ha florecido en las carnecitas del niño.


62
Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores, comprendo por qué hay tantos matices en las nubes y en el agua ,
y por qué están pintadas las flores tan variadamente..., cuando te doy juguetes de colores, hijo mío.
Cuando te canto para que tú bailes, adivino por qué hay música en las hojas, y por qué entran los coros de voces de las olas
hasta el corazón absorto de la tierra..., cuando te canto para que tú bailes.
Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo por qué hay mieles en el cáliz de la flor, y por qué los frutos se cargan secretamente, de ricos jugos..., cuando colmo de dulces tus ávidas manos.
Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír, sé bien cuál es la alegría que mana del cielo en la luz del amanecer,
y el deleite que traen a mi cuerpo las brisas del verano..., cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír.


63
Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado. Olvido que lo antiguo está en lo nuevo,
que en lo nuevo vives también tú.
En el nacimiento y en la muerte, en este mundo o en otro, en cualquier sitio donde tú me lleves, tú eres tú mismo, el único compañero de mi vida infinita, tú que estás atando siempre mi corazón, con lazos de alegría, a lo ignorado.
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero, ninguna puerta está cerrada. ¡Señor, concédeme esto que te pido:
que yo no pierda nunca la felicidad de encontrar lo único en este juego de lo diverso!


64
Por la ladera del río desolado, entre las yerbas altas, le pregunté: "Muchacha, ¿a dónde vas con tu lámpara bajo el manto?
Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos un instante, me miró al rostro en la penumbra, y dijo:
"¡He venido al río a echar mi lámpara en la corriente, ahora que muere en ocaso la luz del día!".
Y entre las altas yerbas me quedé mirando,
solitario, cómo la lucecita de la lámpara se iba inútilmente en la marea.
En el silencio de la noche que se echaba encima, le pregunté: "Tus luces están todas encendidas, muchacha.
¿A dónde vas con tu lámpara? Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos oscuros a mi cara,
y se estuvo dudosa un momento: "He venido -dijo al fin- a ofrecer mi lámpara al cielo". Yo me quedé mirando la lucecita,
que temblaba inútilmente en el vacío.
En la negrura sin luna de la medianoche, le pregunté: "Muchacha, ¿qué buscas, si tienes la lámpara junto a tu corazón?
Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Se paró un momento, pensándolo, y me miró fijamente en la oscuridad.
"He traído mi luz -dijo- para el Carnaval de las lámparas." Yo me quedé mirando cómo su lucecita se perdía inútilmente
entre las luces.


65
¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta rebosante copa de mi vida?
Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos; oír, silencioso, en los umbrales de mis oídos, tu propia armonía eterna?
Tu mundo teje palabras en mi pensamiento, y tu alegría las hace más melodiosas. Te me das, enamorado, y luego sientes toda
tu propia dulzura en mí.


66
La que, en un crepúsculo de destellos y vislumbres, vivió siempre en el fondo de mi corazón; la que nunca abrió sus velos
en la luz de la mañana, irá a ti, Dios mío, en mi última canción, como mi ofrenda última.
La cortejaron las palabras, pero no pudieron hacerla suya; y en vano la persuasión le ha tendido sus brazos vehementes.
He vagado por todos los países, con ella en el alma de mi corazón; y mi vida, a su alrededor,
se ha levantado y se ha caído, grande y débil.
Reinó sobre mis pensamientos y mis actos, sobre mis sueños y mis ensueños, y, sin embargo, vivió sola y aparte.
Los hombres que llamaron a mi puerta, preguntando por ella, se fueron desesperados.
Nadie en el mundo la pudo nunca mirar frente a frente; y espera, en soledad, tu reconocimiento.


67
Eres, a un tiempo, el cielo y el nido.
Hermoso mío, aquí en el nido, tu amor aprisiona el alma con colores, olores y música.
¡Cómo viene la mañana, con su cesta de oro en la diestra, donde trae la guirnalda de la hermosura, para coronar,
en silencio, la tierra!
¡Cómo viene el anochecer por las veredas no pisadas de los prados solitarios, que ya abandonaron los rebaños! Trae,
en su jarra de oro, la fresca bebida de la paz, recogida en el mar occidental del descanso.
Pero donde el cielo infinito se abre, para que lo vuele el alma, reina la blanca claridad inmaculada. Allí no hay día ni noche,
ni forma, ni color, ¡ni nunca, nunca una palabra!


68
Tu rayo de sol viene, con los brazos abiertos, a esta tierra mía, y se pasa el día en mi puerta. Luego, a la vuelta,
te lleva a tus pies nubes hechas de mis lágrimas, de mis suspiros y de mis canciones.
Enamorado y alegre, tú rodeas tu pecho estrellado con ese manto de nubes de niebla, y los pliegas innumerablemente,
y lo pintas de colores infinitos.
Es tan ligero, tan suave, tan tiernamente lloroso, tan oscuro, que tú, sereno y sin mancha los amas. Así puedes velar
tu terrible resplandor blanco con sus patéticas sombras.

GINTANJALI (fragmentos 51 a 60) Rabindranath Tagore

 51

Oscureció. Nuestro trabajo estaba cumplido. Creíamos que había llegado ya el último huésped de la noche y que las puertas
de la aldea estaban todas cerradas. Alguno dijo que el Rey tenía que venir. Y nos reímos y dijimos: "No puede ser".
Creímos que habían llamado a la puerta, pero pensamos que sería el viento. Y apagamos las lámparas y nos echamos a dormir. Alguno dijo: "Es el Heraldo del Rey". Y nos reímos y dijimos: "No, es el viento".
Se oyó un ruido en la cerrazón de la noche. En nuestro duermevela, nos pareció un trueno lejano.
Y tembló la tierra y se mecieron los muros, sobresaltando nuestro sueño. Alguno dijo que era un rodar de ruedas.
Y contestamos adormilados: "No, debe ser el carro de las nubes".
Aún era de noche cuando sonó el tambor. Y oímos: "¡Despertad pronto!". Temblando de espanto, nos tomábamos
el corazón con las manos. Alguno dijo: "¡Mirad la bandera del Rey!". Y nos levantamos gritando: "¡No hay tiempo que perder!".
Aquí está el Rey, pero ¿y las antorchas, y las guirnaldas, y el trono para él? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
¿Dónde está el salón? ¿Dónde las colgaduras? Alguno dijo: "¿A qué viene ese lamento?
¡Saludadlo con manos vacías, entradlo en vuestros cuartos desnudos!".
¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha venido el Rey de nuestra triste casa oscura, en la profundidad de la noche! ¡Truena el cielo, y el relámpago estremece las tinieblas! ¡Saca tu esterilla andrajosa y tiéndela en el patio,
que nuestro Rey de la noche horrible ha venido, de pronto, en la tormenta!


52
Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello, pero no me atreví. Y esperé la mañana, y cuando te fuiste,
tomé algunos pedacitos de flores de tu lecho. Y como una mendiga, buscaba por la aurora alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu amor? ¡Ni flor, ni especias, ni frasco de perfume, sino tu espada terrible, destellante como una llama, pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se tiende en tu lecho. El pájaro primero me pregunta piando:
"¿Qué encontraste, mujer?" ¡No, no es flor, ni especias, ni redoma de perfume, sino tu espada terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva tuya. No sé dónde esconderla. Me da vergüenza ponérmela, tan débil como soy. Me duele cuando la aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta dádiva tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en todas mis luchas. Tú me has dado por compañera a la muerte,
y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu espada para cortar mis ataduras! ¡Nada temeré ya en el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor de mi corazón, ya no lloraré, ni desesperaré más por los rincones;
ya no seré nunca más tímida ni mimosa! ¡Me has dado, para adornarme, tu espada! ¡Lejos de mí, los adornos de muñeca!


53
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas, incrustada mágicamente con joyas de mil colores;
pero cuánto más bella es tu espada con su curva de relámpago, como las alas abiertas del pájaro divino de Vishnu,
cuando vuela tranquilo en la irritada luz roja del ocaso!
Se estremece como la última respuesta solitaria de la vida estática de dolor, al golpe decisivo de la muerte.
Brilla igual que la pura llama de la vida, cuando abrasa la impureza diaria en el destello furibundo.
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas! Pero tu espada, Señor del trueno, está forjada con belleza definitiva,
¡y es terrible a los ojos y al pensamiento!


54
Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído. Y cuando te despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra oblicua del árbol. Las mujeres se volvían a sus casas
con sus cántaros morenos de barro rebosantes, y me gritaron: "¡Ven, que va a ser mediodía!".
Pero yo me retardaba lánguidamente, perdida en vagos pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuando me miraste, tenías tristes los ojos; y con qué fatigada voz me dijiste bajo:
"¡Ay, qué sed tiene el pobre caminante!". Desperté sobresaltada de mis ensueños y eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas...
Las hojas se rozaban sobre nuestras cabezas, el cuclillo cantaba desde la sombra invisible, y de la revuelta del camino
venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una vergüenza! Verdaderamente, ¿qué había hecho yo para merecer tu recuerdo?
Pero el recordar que yo pudiera quitarte tu sed con mi agua, se me ha quedado en el corazón,
y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las hojas del árbol murmuran allá arriba. Y yo, sentada, pienso, pienso...


55
Aún está lánguido tu corazón, aún se te cierran los ojos de sueño.
¿No sabes que la flor está reinando, esplendorosa, entre espinas? ¡Despierta, despierta! ¡No dejes pasar el tiempo en vano!
Allá al fin del sendero guijarroso, en una solitaria tierra virgen, mi amigo está sentado solitario. ¡No lo engañes esperándote! ¡Despierta, despierta!
¿Qué si el cielo jadea y palpita en la brasa del mediodía? ¿Qué si la arena hirviente tiende su manto sediento?
¿No sientes alegría en la profundidad de tu corazón? ¿No se abrirá el arpa del camino, a cada paso tuyo, en suave música de dolor?


56
¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué descendimiento a mí el tuyo! Señor de todos los cielos, si yo no existiera,
¿qué sería de tu amor?
Tú me tienes como compañero de tu tesoro; tus alegrías están jugando sin parar en mi corazón y tu voluntad está siempre recreándose en mi vida.
Por eso tú, Rey de reyes, te has adornado tan hermosamente, enamorado de mi corazón. Por eso te pierdes de amor en el amor
de tu amante. Y allí eres visto, en la perfecta unión de los dos.


57
¡Luz, luz mía, luz que llenas el mundo, luz que besas los ojos, que haces dulce el corazón!
¡Ay, cómo salta la luz, amor mío, en medio de mi vida! ¡Cómo hiere, amor mío, las cuerdas de mi amor! El cielo se abre,
y corre loco el viento, y la risa se desboca por toda la tierra.
Las mariposas tienden sus velas por el mar de luz, y sobre la cresta de las olas de luz, abren lirios y jazmines.
La luz se derrite en oro en cada nube, amor mío, y luego se derrama en pedrerías sin fin.
Un alborozo nuevo va de hoja en hoja, amor mío un gozo sin límites. ¡El río del cielo ha roto sus riberas, y todo brilla, inmensamente inundado de alegría!


58
¡Que todas las alegrías se unan en mi última canción: la alegría que hace desbordarse a la tierra en el exceso desenfrenado de la yerba; la alegría que echa a bailar vida y muerte, hermanas gemelas, por el vasto mundo; la alegría que la tempestad barre adentro, despertando y sacudiéndolo todo con su carcajada; la alegría que se sienta, en paz con sus lágrimas, en el abierto loto rojo del dolor; la alegría que tira cuando tiene; la alegría que lo ignora todo!


59
Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta luz de oro salta por las hojas, estas nubes ociosas que navegan por el cielo,
esta brisa pasajera que me va refrescando la frente; ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es sino tu mensaje a mi alma. Tu rostro se inclina a mí desde su cenit,
tus ojos miran abajo, a mis ojos y tus pies están sobre mi corazón.


60
En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo infinito se en calma sobre sus cabezas; el agua, impaciente,
se alborota. En las playas de todos los mundos, los niños se reúnen, gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas vacías. Su barco es una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el pescador de perlas se sumerge por ellas, y el mercader navega en sus navíos,
los niños recogen piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la playa sonriente. Olas asesinas cantan a los niños baladas sin sentido,
igual que una madre que meciera a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y, pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos, los barcos naufragan
en el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta,
todos los niños.

GITANJALI (fragmentos 41 al 50) Rabindranath Tagore

 41

¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes detrás de todos, en la sombra?
¡Te empujan y te pasan por el camino polvoriento, creyendo que no eres nadie!
Yo no sé el tiempo que hace que te espero, cansado, con mis ofrendas para ti;
y los que van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan vacío mi canasto.
Pasaron mañana y mediodía. Es el anochecer, y mis ojos están caídos de sueño en la sombra.
Los hombres que vuelven a sus hogares, me miran sonriendo, y me avergüenzan.
Estoy sentada como una muchacha mendiga, con la falda por la cara.
Y cuando me preguntan qué quiero, bajo los ojos y callo.
¡Ay!, ¿cómo les voy a decir que te espero a ti, que tú me has prometido que vendrás? ¿Cómo me dejaría decir mi timidez que esta miseria mía es la dote que te guardo? ¡Ay!, ¡cómo aprieto este orgullo contra mí, en el secreto de mi corazón!
Sentada en la yerba, miro al cielo y sueño con el súbito esplendor de tu llegada. Llamean mil antorchas, los gallardetes de oro vuelan sobre tu carro, y los caminantes miran boquiabiertos cómo desciendes de tu asiento y me alzas del polvo, cómo sientas a tu lado a esta mendiguilla andrajosa, que tiembla de orgullo y de vergüenza como una enredadera en la brisa del verano.
Pero pasa el tiempo, y no se oyen las ruedas de tu carroza. ¡Cuánta procesión va y viene, palpitante, entre gritos y relumbrones de gloria! ¿Sólo eres tú quien tiene que seguir en la sombra, callado detrás de todos? ¿Sólo soy yo quien ha de esperar y llorar y gastar, en vano afán, su corazón?


42
En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de embarcarnos solos,
y que nadie en el mundo sabría nada de nuestro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis canciones henchirían sus melodías, libres como las olas,
libres de la esclavitud de las palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer? Mira, el anochecer cae sobre la playa, y en la luz que se apaga,
los pájaros del mar vuelven a sus nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el último vislumbre del poniente, se desvanecerá en la noche?


43
Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiera, en mi corazón, como un desconocido cualquiera,
Rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida.
Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos
que resuenan ahora de estrella en estrella.


44
Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino, donde la sombra va tras la luz, y la lluvia sigue los pasos del verano.
Mensajeros, que traen nuevas de cielos desconocidos, me saludan y siguen aprisa por la senda. Mi corazón late contento
dentro de mí, y el aliento de la brisa que pasa me es dulce.
Del alba al anochecer, estoy sentado en mi puerta. Sé que, cuando menos lo piense, vendrá el feliz instante en que veré.
Mientras, sonrío y canto solo. Mientras, el aire se está llenando del aroma de la promesa.


45
¿No oíste, sus pasos silenciosos? El viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad, todos los días y todas las noches, él viene, viene, viene siempre.
He cantado muchas canciones y de mil maneras; pero siempre decían sus notas: él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril, por la vereda del bosque, él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio, sobre el carro atronador de las nubes, él viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón, y el dorado roce de sus pies es lo que hace brillar mi alegría.


46
No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a mí. Tu sol y tus estrellas no podrán nunca esconderte de mí para siempre.
¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos! ¡Cuántas tu mensajero entró en mi corazón y me llamó en secreto!
Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula alegría me pasa el corazón.
Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de tu dulce presencia.


47
Se me ha pasado la noche esperándolo en vano. Tengo miedo, no vaya a venir, de pronto, con la mañana, a mi puerta, cuando yo me haya quedado dormido de cansancio. ¡Amigos, dejadle franco el camino, no le prohibáis que pase!
Si el rumor de sus pasos no me despertara, os ruego que no vayáis a despertarme. ¡Y ojalá no me despertara tampoco el coro gritón de los pájaros, ni el alboroto del viento en la fiesta de la luz del amanecer! ¡No me despertéis, aunque mi Señor venga de pronto
a mi puerta!
¡Ay, sueño mío, precioso sueño, que sólo espera su roce para desvanecerse! ¡Ay, mis ojos cerrados, que se abrirían a la luz de su sonrisa, si él surgiera ante mí, como un sueño, de la oscuridad de mi sueño!
¡Que se aparezca él a mis ojos como la luz primera y la primera forma! ¡Que el primer estremecimiento de alegría le venga a mi alma amanecida de su mirar! ¡Que mi retorno a mí mismo sea volver de pronto a él!


48
El mañanero mar del silencio se quebró en ondas de cantos de pájaros. Las flores estaban contentas junto al camino.
Un tesoro de oro se derramó por entre las rajadas nubes. Pero nosotros seguíamos a prisa nuestro camino, sin hacer caso.
No cantábamos nuestra alegría ni jugábamos; no nos llegamos a la aldea a comprar ni a vender; no hablábamos ni sonreíamos,
ni nos parábamos a descansar. Ibamos más de prisa cada vez, con las horas.
Llegó el sol al cenit, y las tórtolas se arrullaron en la sombra; las hojas secas danzaron y volaron en el aire caliente del mediodía;
el pastorcillo se adormiló a la sombra del baniano. Y yo me eché, orilla del agua, y estiré mi cuerpo rendido sobre la yerba.
Mis compañeros me insultaron con desprecio y, erguidas las cabezas, sin mirar atrás ni pararse un instante, siguieron afanosos
y se perdieron en la brumosa lejanía azul. Cruzaron prados y colinas, pasaron extraños países distantes...
¡Sea tuyo todo el honor, escuadrón heroico del sendero interminable! Tu mofa y tu reproche me tentó a levantarme;
pero yo no respondí; me di por bien perdido en la cima de mi alegre humillación, a la sombra de una vaga felicidad.
La paz de la verde sombra, que el sol recamaba, se tendió lenta sobre mi corazón. Olvidé el porqué de mi viaje y perdí, sin lucha,
mi pensamiento en un laberinto de sombras y canciones.
Y cuando salí de mi sueño, mis ojos abiertos te vieron ante mí, anegando mi sueño en tu sonrisa. ¿Cómo había yo pensado
que era lago y penoso el camino, que no era necesario luchar tanto para alcanzarte?


49
Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música encantó tu oído. Y tú bajaste y te viniste a la puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda hora, te cantan. Pero la sencilla copla ingenua de este novato te enamoró;
su pobre melodía quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste a la puerta de mi choza.


50
Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin.
Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: "¿Puedes darme alguna cosa?".
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!


GITANJALI (fragmentos 31 al 40) - Rabindranath Tagore

 31

"Prisionero, ¿quién te encadenó?".
"Mi Señor", dijo el prisionero. "Yo creí asombrar al mundo con mi poder y mi riqueza, y amontoné en mis cofres
dinero que era de mi Rey. Cuando me venció el sueño, me eché sobre el lecho de mi Señor.
Y al despertar, me encontré preso en mi propio tesoro."
"Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?"
Dijo el prisionero: "Yo mismo la forjé cuidadosamente. Pensé cautivar al mundo con mi poder invencible;
que me dejara en no turbada libertad. Y trabajé, día y noche, en mi cadena, con fuego enorme y duro golpe.
Cuando terminé el último eslabón, vi que ella me tenía agarrado."


32
Los que me aman en este mundo, hacen todo cuanto pueden por retenerme; pero tú no eres así en tu amor,
que es más grande que ninguno, y me tienes libre.
Nunca se atreven a dejarme solo, no los olvide; pero pasan y pasan los días, y tú no te dejas ver.
Y aunque no te llame en mis oraciones, aunque no te tenga en mi corazón, tu amor siempre espera a mi amor.


33
Entraron en mi casa con alba, diciendo: "Cabremos bien en el cuarto más pequeño".
Decían: "Te ayudaremos en el culto de tu Dios, y nuestra humildad tendrá de sobra con la parte de gracia que le toque".
Y se sentaron en un rincón, y estaban quietos y sumisos.
¡Pero en la oscuridad de la noche sentí que forzaban la entrada de mi santuario, fuertes e iracundos; que se llevaban,
con codicia impía, las ofrendas del altar de Dios!


34
Que sólo quede de mí, Señor, aquel poquito con que pueda llamarte mi todo.
Que sólo quede de mi voluntad aquel poquito con que pueda sentirte en todas partes, volver a ti en cada cosa,
ofrecerte mi amor en cada instante.
Que sólo quede de mí aquel poquito con que nunca pueda esconderte.
Que sólo quede de mis cadenas aquel poquito que me sujete a tu deseo,
aquel poquito con que llevo a cabo tu propósito en mi vida; la cadena de tu amor.


35
Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese cielo donde nada teme elalma, y se lleva erguida la cabeza;
donde el saber es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por las paredes caseras;
donde la palabra surte de las honduras de la verdad; donde el luchar infatigable tiende sus brazos a la perfección;
donde la clara fuente de la razón no se ha perdido en el triste arenal desierto de la yerta costumbre;
donde el entendimiento va contigo a acciones e ideales ascendentes...
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en ese cielo de libertad!


36
Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.


37
Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder; que mi sendero estaba ya cerrado,
que había ya consumido todas mis provisiones, que era el momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí. Y cuando las palabras viejas se caen secas de mi lengua,
nuevas melodías estallan en mi corazón; y donde las veredas antiguas se borran, aparece otra tierra maravillosa.


38
¡Te necesito a ti, sólo a ti! Deja que lo repita sin cansarse mi corazón. Los demás deseos que día y noche me embargan,
son falsos y vanos hasta sus entrañas.
Como la noche esconde en su oscuridad la súplica de la luz, en la oscuridad de mi inconsciencia resuena este grito:
¡Te necesito a ti, sólo a ti!
Como la tormenta está buscando paz cuando golpea la paz con su poderío, así mi rebelión golpea contra tu amor y grita:
¡Te necesito a ti, sólo a ti!


39
Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del silencio,
con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, Rey mío,
y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y engaño, ¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu resplandor!

40
¡Cuánto tiempo hace que no llueve, Dios mío, en mi seco corazón! El horizonte está ferozmente desnudo, ni el más delgado
vapor de la nube más suave, ni el más vago indicio del fresco chubasco más lejano.
¡Manda tu tormenta furibunda, negra y mortífera, si quieres, y sobresalta de parte a parte el cielo, con el látigo de tu relámpago!
¡Pero, recoge, Señor, llama a ti este calor silencioso que todo lo penetra, quieto y cruel;
este calor terrible que quema al corazón su esperanza!
¡Que la nube de gracia descienda y se incline a mí, como la mirada llorosa de la madre, el día de la cólera paterna!

GITANJALI (fragmentos 21 al 30)

 21

¿Cuándo echaré mi barca a la mar? Las horas lánguidas se me pasan en la orilla ¡ay!
La primavera acabó de florecer y se ha ido. Y cargado de vanas flores marchitas, espero y tardo.
Se han puesto las olas clamorosas, y en la vereda en sombra de la orilla, las hojas amarillas aletean y caen.
¿Qué miras, di, en el vacío? ¿No sientes estremecerse el aire de una canción lejana que viene, flotando, de la otra orilla?


22
En la profunda oscuridad de julio lluvioso, tú vas caminando en secreto, mudo como la noche, evitando a los que te vigilan.
Hoy, la mañana ha cerrado sus ojos, sin hacer caso de la insistente llamada del huracán del este,
y un espeso manto ha caído sobre el azul siempre alerta del cielo.
Los bosques han dejado de cantar, las puertas de las casas están todas cerradas.
Tú eres el transeúnte solitario de la calle desierta.
¡Ãšnico amigo mío, mi más amado amigo; mira abiertas las puertas de mi casa; no pases de largo como un sueño!


23
¿Has salido, esta noche de tormenta, en tu viaje de amor, amigo mío?
-El cielo se queja como un desesperado-. ¡No puedo dormir! Abro mi puerta a cada instante, y miro a la oscuridad,
mas nada veo. Amigo mío, ¿dónde está tu camino, di?
¿Por qué vaga ribera de qué río de tinta, por qué lejano seto de qué imponente floresta, a través de qué intrincada
profundidad oscura vienes trenzando tu ruta hacia mí, amigo mío?


24
Si se ha acabado el día, si ya no cantan los pájaros, si el viento rendido ha flojeado, cúbreme bien con el manto de la sombra,
como has cerrado tiernamente las hojas del loto desfallecido en el crepúsculo.
¡Quítale la vergüenza y la pobreza al caminante que ha vaciado su alforja antes de acabar el viaje,
que tiene roto y empolvado su vestido, cuya fuerza está exhausta; renueva su vida, como una flor,
bajo el manto de la noche misericordiosa!


25
En la noche fatigada, déjame entregarme sin lucha al sueño, con mi confianza en ti.
¡No consientas que fuerce mi espíritu flojo a una pobre preparación para adorarte!
¿Acaso no eres tú quien corre el velo de la noche sobre los ojos rendidos del día,
para renovar su sentido con la refrescada alegría del despertar?


26
Vino, y se sentó a mi lado; pero yo no desperté. ¡Maldito sueño aquél, ay!
Vino en la noche tranquila. Traía el arpa en sus manos, y mis sueños resonaron con sus melodías.
¡Ay!, ¿por qué se van así mis noches? ¿Por qué no lo veo nunca cuando su aliento está rozando mi sueño?


27
¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama? ¿Es éste tu destino, corazón? ¡Ay, cuánto mejor fuera la muerte!
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor está desvelado, que te llama en cita de amor, entre la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para. ¡No sé qué es esto que se mueve en mí, no sé qué quiere decir esto que siento!
El resplandor momentáneo del relámpago me arrolla una sombra más profunda sobre los ojos.
Mi corazón busca a ciegas por el camino que va adonde la música de la noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
-Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la noche está negra como la pizarra.
-¡No dejes que pasen las horas en la sombra! ¡Enciende la lámpara del amor con tu vida!


28
Firmes son mis ataduras; pero mi corazón me duele si trato de romperlas.
No deseo más que libertad; peor me da vergüenza su esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú eres mi mejor amigo; pero no tengo corazón para barrer el oropel
que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué odio le tengo! Y, sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos, secreta mi vergüenza y dura. Pero cuando vengo a pedir mi bien,
tiemblo temeroso, no vaya a ser oída mi oración.


29
Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre. Día tras día, levanto, sin descanso, este muro a mi alrededor;
y a medida que sube al cielo, se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con cal y arena, no vaya a quedar el más leve resquicio. Y con tanto
y tanto cuidado, pierdo de vista mi verdadero ser.


30
Salí solo a mi cita. ¿Quién es ese que me sigue en la oscuridad silenciosa?
Me echo a un lado para que pase, pero no pasa.
Su marcha jactanciosa levanta el polvo, su voz recia duplica mi palabra.
¡Señor, es mi pobre yo miserable! Nada le importa a él de nada; pero ¡qué vergüenza la mía de venir con él a tu puerta!

GITANJALI (fragmentos 11 al 20)

 11

Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro rincón solitario
del templo cerrado? ¡Abre tus ojos, y ve tu Dios no está ante ti!
Dios está donde el labrador cava la tierra dura, donde el picapedrero pica la piedra; está con ellos, en el sol y en la lluvia,
lleno de polvo el vestido. ¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu Dios al terruño polvoriento!
¿Libertad? ¿Donde quieres encontrar libertad? ¿No se ha atado él mismo, lleno de alegría a la Creación?
¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!
¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se andrajen?
¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y trabaja, y que sude tu frente!


12
¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi camino!
Salí en la carroza del primer albor, y caminé a través de los desiertos de los mundos,
dejando mi rastro por las estrellas infinitas.
La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y la más complicada enseñanza no lleva sino a la perfecta sencillez
de una melodía.
El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas las puertas extrañas para llegar a la suya; ha de vagar por todos
los mundos de afuera, si quiere llegar al fin a su santuario interior.
Mis ojos erraron por todos los confines antes de que yo los cerrara diciendo: "Aquí estás". Y el grito y la pregunta:
"¡Ay!, ¿dónde?", se derriten en las lágrimas de mil raudales y ahogan el mundo con el desbordamiento de su "¡Yo soy!".


13
La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún cantada.
Mis días se me han ido afinando las cuerdas de mi arpa; pero no he hallado el tono justo, y las palabras no venían bien.
¡Sólo la agonía del afán en mi corazón!
Aún no ha abierto la flor, sólo suspira el viento.
No he visto su cara, ni he oído su voz; sólo oí sus pasos blandos, desde mi casa, por el camino.
Todo el día interminable de mi vida me lo he pasado tendiendo en el suelo mi estera para él; pero no encendí la lámpara,
y no puedo decirle que entre.
Vivo con la esperanza de encontrarlo; pero ¿cuándo lo encontraré?


14
Mis deseos son infinitos, lastimeros mis clamores; pero tú me salvas siempre con tu dura negativa.
Y esta recta merced ha traspasado de parte a parte mi vida.
Día tras día me haces digno de los dones grandes y sencillos que me diste sin yo pedírtelos, el cielo y la luz, mi cuerpo,
mi vida y mi entendimiento; y me has salvado, día tras día, del escollo de los deseos violentos.
A veces me retardo lánguido, a veces me despierto y me desvivo en busca de mi fin; pero tú, cruel, te escondes de mí.
Día tras día, a fuerza de rehusarme, de librarme de los peligros del deseo débil y vago,
me estás haciendo digno de ser tuyo del todo.


15
Estoy aquí para cantarte. Mi rinconcito está en este salón tuyo.
Nada tengo que hacer en este mundo tuyo; mi vida inútil no sabe más que saltar en melodías sin razón.
Cuando en el oscuro templo de la medianoche dé la hora de adorarte en silencio,
¡mándame que te venga a cantar, maestro mío!
Cuando el arpa de oro esté afinada en el aire matutino, ¡hónrame tú ordenando mi presencia!


16
Fui invitado a la fiesta de este mundo, y así mi vida fue bendita. Mis ojos han visto, y oyeron mis oídos.
Mi parte en la fiesta fue tocar este instrumento; y he hecho lo que pude.
Y ahora te pregunto: ¿no es tiempo todavía de que yo pueda entrar, y ver tu cara, y ofrecerte mi saludo silencioso?


17
Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus manos. Por eso es tan tarde, por eso soy culpable de tantas distracciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la fuerza; pero yo me escapo siempre,
porque sólo espero al amor para entregarme, al fin, en sus manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen razón.
Terminó el día de feria, y todos los tratos están ya hechos. Y los que vinieron en vano a llamarme, se han vuelto, coléricos.
Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus manos.


18
Las nubes se amontonan sobre las nubes, y oscurece. ¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte, solo en tu puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña; pero en esta oscuridad solitaria, no tengo más que tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón vaga gimiendo con el viento sin descanso.


19
Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche en su desvelo
estrellado, hundida pacientemente mi cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra, y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en flores,
por todas mis profusas enramadas.


20
Aquel día en que abrió el loto, mi pensamiento andaba vagabundo, y no supe que florecía.
Mi canasto estaba vacío, y no vi la flor.
Sólo de vez en cuando, no sé qué tristeza caía sobre mí; y me levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía un rastro
dulce de una extraña fragancia que erraba en el viento del sur.
Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi corazón. Me parecía que era el aliento vehemente del verano
que anhelaba completarse.
¡Yo no sabía entonces que el loto estaba tan cerca de mí, que era mío, que su dulzura perfecta había florecido
en el fondo de mi propio corazón!

GITANJALI (fragmentos 1 al 10) Rabindranath Tagore

 Gitanjali  (Otra versión)

1
Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida.
Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has silbado en ella melodías eternamente nuevas.
Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se dilata sin fin en la alegría, y da vida a la expresión inefable.
Tu dádiva infinita sólo puedo recogerla con estas pobres manitos mías. Y pasan los siglos, y tú sigues derramando,
y siempre hay en ellas sitio que llenar.


2
Cuando tú me mandas que cante, mi corazón parece que va a romperse de orgullo. Te miro y me echo a llorar.
Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no sé qué dulce melodía, y mi adoración tiende sus alas, alegre
como un pájaro que va pasando la mar.
Sé que tú complaces en mi canto, que sólo vengo a ti como cantor. Y con el fleco del ala inmensamente abierta
de mi canto, toco tus pies, que nunca pude creer que alcanzaría.
Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quien soy, y te llamo amigo, a ti que eres mi señor.


3
¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los pedregales y sigue,
en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano busca su voz. Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía;
y grito vencido. ¡Ay, cómo envuelves mi corazón en el enredo infinito de tu música, Señor!


4
Quiere tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener siempre mi amor en flor, pues que tú estás sentado en el sagrario
más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mis acciones, pues que sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.


5
Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme a tu lado, que luego terminaré lo que estoy haciendo.
Mi corazón, si no te ve, no tiene sosiego, y mi trabajo es como un afán infinito en un fatigoso mar sin playas.
El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y suspirando, y han venido las abejas, trovadores en la corte del bosque florecido.
Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el tiempo de cantarte, en un ocio mudo y rebosante, la ofrenda de mi vida.


6
Anda, no esperes más; toma esta florcita, no se mustie y se deshoje.
Quizás no tengas sitio para ella en tu guirnalda; pero hónrala, lastimándola con tu mano, y arráncala, no sea que se acabe
el día sin que yo me dé cuenta; y se pase el tiempo de la ofrenda.
Aunque su color sea tan pobre, y tan poco su olor, ¡anda, ten esta flor para ti, arráncala ahora que es tiempo!


7
Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha quitado sus galas para ti. Porque ellas estorbarían nuestra unión, y su campanilleo ahogaría nuestros suspiros.
Mi vanidad de poeta muere de vergüenza ante ti, Señor, poeta mío. Aquí me tienes sentado a tus pies. Déjame sólo
hacer recta mi vida y sencilla, como una flauta de caña, para que tú la llenes de música.


8
El niño vestido de príncipe, colgado de ricas cadenas, pierde el gusto de su juego, porque su atavío le estorba a cada paso.
Por temor a rozarse o a empolvarse, se aparta del mundo, y no se atreve ni siquiera a moverse.
Madre, ¿gana él algo con ser esclavo de ese lujo que le aparta del polvo saludable de la tierra, que le roba el derecho de entrar
en la gran fiesta de la vida de todos los hombres?


9
¡Necio, que intentas llevarte sobre tus propios hombros! ¡Pordiosero, que vienes a pedir a tu propia puerta!
Deja todas las cargas en las manos de aquel que puede con todo, y nunca mires atrás nostálgico.
Tu deseo apaga al punto la lámpara que toca con su aliento. ¡No tomes sus dádivas malsanas con manos impuras!
¡Recoge sólo lo que te ofrece el amor sagrado!


10
Tienes tu escabel, y tus pies descansan, entre los más pobres, los más humildes y perdidos.
Quiero inclinarme ante ti, pero mi postración no llega nunca a la cima donde tus pies descansan entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.
El orgullo no puede acercarse a ti, que caminas, con la ropa de los miserables, entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.
Mi corazón no sabe encontrar su senda, la senda de los solitarios, por donde tú vas entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.

GITANJALI (fragmentos) - Rabindranath Tagore

 I

No te atormentes por su corazón, corazón mío;
déjalo en la oscuridad. ¿Qué se yo si su belleza es sólo
de su cuerpo, y su sonrisa sólo de su cara? Déjame
aceptar sin preguntas este sencillo sentido
de sus miradas, y ser así feliz.

II
Igual me da si es un manto de ilusión el que sus brazos tejen
alrededor de mí, porque el manto es rico y raro;
y al engaño se le puede sonreír, y olvidarlo.


III
No te atormentes por su corazón, corazón mío; conténtate
si la música es verdadera, aunque no se pueda fiar en la palabra;
disfruta de la gracia que danza, como un lirio, sobre la mentirosa
superficie ondeante, y sea lo que fuere de lo que vive allá en el fondo.

IV
Deseaste mi amor, y, sin embargo, no me amabas.
Por eso mi vida se cuelga de ti como una cadena,
que te grita y se te aferra, más dura
cuanto más luchas por ser libre.

V
Mi desesperación ha llegado a ser tu compañera mortal,
y se agarra al más leve de tus favores, pretendiendo arrastrarte
hasta la caverna de las lágrimas.
Has destrozado mi libertad, y, con su ruina, te has
fabricado tu propia prisión.

VI
No supe lo que hacía un momento y vine.
Pero alza tus ojos que yo vea si queda aún alguna sombra
de los días pasados, una pálida nube, ya sin lluvia, en el horizonte.
Sopórtame un momento¡ aunque yo no sepa lo que hago.

VII
Las rosas están todavía en capullo, y no saben aún
cómo descuidamos coger flores este verano.
La estrella de la mañana tiene todavía el mismo
silencio palpitante; la luz primera está enredada aún
en las enredaderas que cuelgan de mi ventana,
como en aquellos días pasados.
Olvidé un momento que todo había cambiado, y vine.


VIII
Olvidé si tú me avergonzaste alguna vez, volviéndome
tu cara cuando yo te desnudaba mi corazón.
Sólo recuerdo las palabras que tropezaron en el temblor de tus labios;
las sombras de arrebatada pasión de tus ojos oscuros, como las alas
de un pájaro que busca su nido en el crepúsculo.
Olvidé que tú te acordabas, y vine.


IX
Esta mañana mi despertar fue dichoso, porque vi a mi amor.
El cielo era una sola alegría, y mi vida y mi juventud se consumaron.
Hoy mi casa es de verdad mi casa, y mi cuerpo mi cuerpo.
La suerte me ha sido amiga, y mis dudas se disipan.
¡Pájaros, cantad vuestra canción mejor!
¡Luna, derrama tu luz más bella!
¡Dispara, a millones, tus flechas, dios del amor!

RAMILLETE - Rabindranath Tagore


Mis flores eran como leche, miel y vino.
Las até con una cinta dorada, en ramillete,
pero burlaron mi cuidado vigilante y huyeron lejos;
y solo me queda la cinta.
Mis canciones eran como leche, miel y vino.
Estaban presas en el ritmo de mi corazón palpitante,
pero tendieron sus alas y huyeron lejos, ¡tesoros de mis horas ociosas!,
y mi corazón late en silencio.
La hermosa que amé era como leche, miel y vino.
Sus labios, como el rosa del alba; sus ojos, negros como abeja.
Yo callaba mi corazón, no fuera a asustarla, pero ella se fue,
como mis flores y mis canciones; y me ha dejado mi amor solo.

LAS FLORES DE LA PRIMAVERA SALEN - Rabindranath Tagore

 Las flores de la primavera salen...


Las flores de la primavera salen,
como el apasionado dolor del amor no dicho;
y con su aliento, vuelve el recuerdo de mis canciones antiguas.
Mi corazón, de improviso, se ha vestido de hojas verdes de deseo.
No vino mi amor, pero su contacto está en mi cuerpo
y su voz me llega a través de los campos fragantes.
Su mirar está en la triste profundidad del cielo, pero
¿dónde están sus ojos? Sus besos zigzaguean por el aire,
pero sus labios, ¿dónde están?

miércoles, 10 de mayo de 2023

EL CASTIGO SIN VENGANZA - Lope de Vega 1631

Pues, señora, yo he llegado,

perdido a Dios el temor,

y al Duque, a tan triste estado
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.


En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.


Y, por si no lo entendéis,
haré sobre estas razones
un discurso, en que podréis
conocer de mis pasiones
la culpa que vos tenéis.

Aunque dicen que el no ser
es, señora el mayor mal,
tal por vos me vengo a ver
que, para no verme tal,
quisiera dejar de ser.
En tantos males me empleo
después que mi ser perdí
que, aunque no verme deseo,
para ver si soy quien fui,
en fin, señora, me veo.


A decir que soy quien soy
tal estoy que no me atrevo,
y por tales pasos voy
que aun no me acuerdo que debo
a Dios la vida que os doy.
Culpa tenemos los dos
del no ser que soy agora,
pues, olvidado por vos
de mí mismo, estoy, señora,
sin mí, sin vos y sin Dios.


Sin mí no es mucho, pues ya
no hay vida sin vos que pida
al mismo que me la da;
pero sin Dios, con ser vida,
¿quién sino mi amor está?
Si en desearos me empleo
y él manda no desear
la hermosura que en vos veo,
claro está que vengo a estar
sin Dios, por lo que os deseo.

¡Oh, qué loco barbarismo
es presumir conservar
la vida en tan aciago abismo
hombre que no puede estar
ni en vos ni en Dios ni en sí mismo!
¿Qué habemos de hacer los dos,
pues a Dios por vos perdí
después que os tengo por dios;
sin Dios, porque estáis en mí;
sin mí, porque estoy sin vos?


Por haceros sólo bien,
mil males vengo a sufrir.
Yo tengo amor; vos, desdén;
tanto, que puedo decir:
¡mirad con quién y sin quién!
Sin vos y sin mí peleo
con tanta desconfianza:
sin mí, porque en vos ya veo
imposible mi esperanza;
sin vos, porque no os poseo.


El castigo sin venganza (1631)
Lope de Vega


martes, 4 de abril de 2023

AMOR, AMOR - Gabriela Mistral

 Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,

late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!

EL AMOR QUE CALLA - Gabriela Mistral

 Si yo te odiara, mi odio te daría

en las palabras, rotundo y seguro;

¡pero te amo y mi amor no se confía

a este hablar de los hombres tan oscuro!


Tú lo quisieras vuelto un alarido,

y viene de tan hondo que ha deshecho

su quemante raudal, desfallecido,

antes de la garganta, antes del pecho.


Estoy lo mismo que estanque colmado

y te parezco un surtidor inerte

¡Todo por mi callar atribulado

que es más atroz que entrar en la muerte!

SOLO PARA MI, PENSANDO AQUÍ Y ALLÁ

La utopía y el amor romántico en algún momento eran hermanos, casi uno solo. El sueño mágico quiso que el amor tomara otro rumbo, pero nunca dejó su impronta, porque es irrealizable. Habla tanto de si mismo cuando conoce a quien le impacta y le interesa y después se cierra en su propia oscuridad, perdiendo su belleza.

Han pasado muchos años, página tras página y aún es impostor o fugitivo. No lo se. Pero no lo conozco y ya ni le sueño, ni le deseo, lo evado y a la vez en una gran contradicción, le extraño.

Por el amor hay que pagar un precio, la independencia. Es como sujetar el ser a lo que la persona amada valida, acepta y desea. Pocas veces vive en la libertad. Pocas veces brilla con su propia luz, pues es más usual que el afán de controlar y sujetar el amor, se corten las alas y se deje de volar. El amor romántico es exigente, algo tirano, algo egoísta. 

Decidir compartir la vida, nuestros sentimientos, nuestra honestidad y libertad, con nuestro ser amado, es un acto de confianza que a menudo se ve defraudado. Quizá porque se piensa que hay que extenderlo en el tiempo, sin considerar que somos seres humanos en cambio constante, que lo que sucede de manera personal va modificando el pensamiento, el carácter, el temperamento, los objetivos, las metas, todo, absolutamente todo.

Si quizá se sintiera verdadera dicha por ver a la persona amada, realizarse, crecer, florecer, respetando su individualidad, sin querer controlar dejaría de ser utópico el amor romántico. Claro, existiría un compromiso que proclama la entrega de si mismo a otro, pero supuestamente voluntario y este, es justamente, el que se rompe.

Así que ya me di la respuesta. Si en tantos años no lo encontré, ya no es hora para que aparezca.

Amo mi individualidad y no me encuentro dispuesta a pagar el precio, he dicho y lo digo para mi.

Iris - Biagio Antonacci


 

jueves, 23 de marzo de 2023

ALTERCAZIONE CAPITOLO V - Lorenzo de´ Medici

 CAPITOLO V

[La felicitá consiste nel fruire Dio per volontá.]


     Era il mio cor sí di dolcezza pieno,
che udendo mi pareva esser tirato
al ben che le parole sue dicieno.
     L’animo s’era astratto e separato,
e dicevo fra me: — Or che fia il vero,
5
se ’l sentirne parlar mi fa beato? —
     Quando, visto Marsilio il mio pensiero,
dissemi: — In te medesmo ora fa’ pruova
qual è de’ due predetti il bene intero.
     Intender quel ch’io dico assai ti giova;
10
ma, passato il primo atto, il bene inteso
crea nel cor maggior dolcezza nuova.
     L’animo ch’è nel ricercare acceso,
pel conosciuto ben poi possedere
cerca, per goder solo il ben compreso;
15
     e non a fin d’intender vuol godere:
adunque quello intender che procede,
ministro è di quel ben che cerca avere.
     Render ragion possiamo a chi richiede
a che fin noi cerchiam, ch’è per fruire
20
quel ben che nostra mente prima vede.
     Del gaudio altra ragion non si può dire,
se non sol gaudio, che in eterno dura,
né in altro maggior ben può la mente ir

Non fugge gaudio alcun nostra natura;25
spesso veder quelle cose rifiuta,
che stima esser moleste o di gran cura.
     Colui che vede non ha sempre avuta
dolcezza pel veder; ma vede e intende
chi di gaudio ha la mente sua compiuta.
30
     E come piú nostra natura offende
dolersi che ignorar, pel suo contrario
il gaudio per piú ben che ’l veder prende.
     Non è giudicio buon dal nostro vario,
che questo gaudio sia l’ultimo bene,
35
s’è dolor primo mal, ch’è suo avversario.
     E come alla natura nostra avviene
fuggir dolor per sé, e per dolore
qualunque cosa come somme pene;
     cosí gaudio per sé disia il core,
40
e pel gaudio ogni cosa, ed a quel corre,
sí come a sommo bene, il nostro amore.
     Come non puoi nel numer de’ buon porre
un che sol veda il ben, se nol disia,
pur coll’intento che il può dare e tôrre;
45
     cosí convien che l’alma nostra sia
divina amando Dio, non sol vedendo,
che gode allor quel che ha veduto pria.
     Avviene all’alma nostra, Dio intendendo,
che a sua capacitá tanta amplitudine
50
contrae, e Dio in sé vien ristrignendo.
     Amando, alla sua immensa latitudine
amplifichiamo e dilatiam la mente:
questo par sia vera beatitudine.
     Vedendo, dello immenso onnipotente
55
pigliam la parte sol che cape in noi
e quel che l’alma vede allor presente.
     Amando, e quel che allor vedi amar puoi,
e quel piú che il pensier tuo t’ha promisso
dell’infinita sua bontá dipoi.
60

[p. 61]

     Della divina infinitá l’abisso
quasi per una nebbia contempliamo,
benché l’alma vi tenga l’occhio fisso;
     ma d’un perfetto e vero amor l’amiamo.
Quel che conosce Dio, Dio a sé tira;
65
amando alla sua altezza c’innalziamo.
     A quel per sommo ben la mente aspira,
che la contenta; ma non è contenta,
se solamente Dio riguarda e mira.
     Perché la vision, benché sia intenta,
70
che l’anima vedente in sé riceve,
per creata e finita si conventa.
     E cosí esser ne’ suoi gradi deve;
se per potenzia l’anima è finita,
suo operare anco è finito e brieve.
75
     Ma l’alma ch’è di questi lacci uscita
sol si contenta interamente, e posa
in cose, le quai sien d’immensa vita;
     e solo è di quel ben volenterosa,
ch’è da Dio conosciuto; e tal disio
80
e ’l gaudio d’esso pare immensa cosa;
     però che amando si converte in Dio,
e sopra Dio veduto si dilata. —
Ed io allor ruppi il silenzio mio,
     e dissi: — Sia da te meglio esplicata
85
tal cosa, allo intelletto mio confusa
per qualche oscuritá drento al cor nata. —
     Marsilio a me: — Se l’alma è circonfusa
da qualch’error, non me ne meraviglio,
né tu per questo meco ne fa scusa.
90
     Mirar non può sí alto il mortal ciglio;
ma io a tua piú intera cognizione
un sensuale esemplo per te piglio.
     Differenzia è da gusto a gustazione:
il gusto è la potenzia del gustare,
95
la gustazion per l’atto suo si pone.

[p. 62]

     A muover questi due ad operare
bisogna sia ’l sapor ch’è il suo obietto,
che fa il primo al secondo ministrare.
     Il gusto l’animo è, puro e perfetto,
100
che si muove a gustar l’obietto degno
per la gustazion, ch’è l’intelletto.
     E poi che giugne a questo primo segno,
gode gustato Dio col disio santo,
e tal gaudio è ’l sapor d’ogni ben pregno.
105
     La gustazione appunto è buona quanto
dolce è il sapore: e gusta Dio mirando
l’alma, e ’l disio piacer glielo fa tanto.
     Cosí conchiuderemo, al fine andando,
che ’l nostro vero e sommo bene è quello
110
eterno Dio, che tutti andiam cercando:
     semplice, puro, immaculato agnello,
al qual cammina l’alma peregrina,
per riposarsi nel suo santo ostello.
     E la beatitudin sua divina
115
è fruir questo ben per voluntate,
ché amor la muove, ond’ella a Dio cammina;
     ove assapora la suavitate
da lei giá tanto disiata e chiesta,
qual non gli posson dar cose create.
120
     Amando Dio, convien che Dio l’investa
del santo suo amore, e in sé converta
la mente, e díale gaudio che non resta.
     Amore è quel che amato amor sol merta,
amor ne dá l’eterna nostra pace,
125
amor vera salute, intera e certa.
     L’Apostol santo, testimon verace,
con questo amore insino al cielo aggiunse,
vaso di tanta grazia ben capace.
     Amore insino al terzo ciel lo assunse,
130
alla stella che al mondo amore infonde,
onde i suoi occhi co’ divin congiunse.

[p. 63]

     A quella spera Dio mai non s’asconde;
indi sé mostra e il suo santo abitacolo,
e le ricchezze sue magne e profonde.
135
     Perché sopr’essa è quel chiaro spiracolo,
che sé ed ogni cosa agli occhi mostra
sol dove pose Dio suo tabernacolo.
     Questo premio è serbato all’alma nostra
o sciolta dal corpo, né nel mondo cieco
140
lo può trovar la mia vita o la vostra.
     Ma al mondo vita tal mal tanto ha seco
che in vita piú felice gli animali
sarien bruti e selvaggi in qualche speco.
     Quanto piú veggon gli occhi de’ mortali
145
il ben, si dolgon piú se ne son privi,
e maggior cognizion ne dá piú mali.
     Ed oltre a questo, mentre siam qui vivi,
assai piú cose nostra vita agogna,
che a lor basta l’erbetta e i freschi rivi.
150
     Felice è piú a chi manco bisogna;
cosí par l’uomo piú infelice al mondo,
mentre che in vita qui vacilla e sogna.
     Ma il premio è poi nel viver suo secondo,
che il mondo errante «trista morte» appella;
155
allor giunge al suo fin lieto e giocondo.
     Cosí la vita nostra non è quella,
ovver la tua, pastor, ch’è piú quieta,
ovver, Lauro, la tua che par sí bella,
     che un punto sol di tanti mai sia lieta,
160
o qualunque altra vita ch’è mortale,
perché vera dolcezza il mondo vieta.
     Or perché par che all’Ocean si cale
Febo, e finito è il mio sermon col sole,
Alfeo, statti con Dio; tu, Lauro, vale. —
165
     Cosí lasciò le piagge di lui sole,
e noi, benché al chiar fonte, con piú sete
d’udire ancor l’ornate sue parole;

[p. 64]

     le parole che mai passeran Lete.
Ma poi disse il pastor: — L’ora m’induce
170
a ridur l’umil gregge nella rete.
     Giá si parte da noi la febea luce;
ond’io ritorno al mio antico stento,
e tu dove il desir tuo ti conduce. —
     E, questo detto, mosse il suo armento,
175
ed io alle sue spalle volsi il tergo,
partendomi da lui col passo lento.
     Cosí ciascun tornossi al proprio albergo,
e me acceso della santa fiamma,
mentre che drieto al pensier dolce pergo,
180
     mosse a cantar l’Amor che tutto infiamma.

ULTIMI DELIRI - Dacia Maraini

Ultimi deliri

ultimi diluvi di una giovinezza

sparite leggerezze, occhi spezzati

come è fresca la giornata che nasce

vita mia che ti sfiorisci

senza saperlo e perdi ad una ad una

le voglie più stupide e gloriose

morire senza degenerare

sarebbe giusto e dolce

chiudere la bocca senza dire addio

allungarsi sul letto ed

essere già freddi e lontani

camminare via coi piedi

nelle scarpe di cartone

ma la dolcezza sbolle lentamente

si perde nei sentieri degli occhi

fa nidi sparsi fra i pensieri

le palpebre pesanti

si aprono ancora la mondo

e il gusto della vita

si insinua sotto la lingua.



NOTA: 
De acuerdo con la información escrita en la página studenti.it DACIA MARAINI "è una delle autrici viventi fra le più attive e impegnate dell’ultimo secolo. Nata a Fiesole il 13 novembre del 1936, protagonista di una vita frenetica, conta una produzione letteraria come poetessa, romanziera, saggista, drammaturga e sceneggiatrice, scrivendo, inoltre, racconti per bambini e impegnandosi nella promozione delle più varie iniziative culturali, anche quelle dei piccoli editori nascenti negli ultimi decenni."